El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán no es un episodio aislado. Es un síntoma del nuevo orden internacional: un mundo donde la fuerza, la disuasión y la competencia estratégica han sustituido definitivamente a la ilusión del consenso permanente.
Y en ese nuevo orden, España no pinta nada.
La reacción del Gobierno ha sido previsible: condena retórica, apelación abstracta al derecho internacional, llamamiento a la desescalada. Todo correcto en lo formal. Todo irrelevante en lo sustancial.
Porque la política exterior no se mide por la pureza del discurso, sino por la capacidad de influir en los acontecimientos. Y España, bajo el liderazgo actual, ha pasado de aspirar a actor relevante a convertirse en comentarista periférico.
De la autonomía estratégica al activismo simbólico
En los últimos años, el Ejecutivo ha defendido una supuesta “voz propia” en el escenario internacional. Pero una voz propia sin poder que la respalde es simplemente ruido.
Mientras Alemania redefine su política de defensa tras la invasión rusa de Ucrania, mientras Francia impulsa una arquitectura europea más autónoma y mientras Italia negocia con pragmatismo sus intereses energéticos en el Mediterráneo, España se mueve entre gestos simbólicos y posicionamientos ideológicos que erosionan relaciones sin generar influencia alternativa.
No se trata de alinearse ciegamente con nadie. Se trata de entender que las alianzas estratégicas exigen coherencia, previsibilidad y cálculo frío. Y eso hoy no existe.
El precedente de Ucrania: la lección no aprendida
La invasión de Ucrania por parte de Rusia dejó una enseñanza brutal: la seguridad energética y la política exterior están íntimamente conectadas.
Europa pagó durante meses el precio de su dependencia del gas ruso. Alemania tuvo que replantear su modelo industrial. Los hogares españoles soportaron inflación disparada y tipos de interés al alza.
¿La respuesta estructural de España? Limitada. Reactiva. Sin una estrategia energética de largo plazo que reduzca la vulnerabilidad ante crisis externas.
Ahora, con la amenaza sobre el Estrecho de Ormuz, el riesgo vuelve a ser el mismo: dependencia, encarecimiento del crudo y golpe directo al tejido productivo.
La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿ha aprendido el Gobierno algo de la crisis anterior?
Ideología interna, debilidad externa
Uno de los problemas más graves de la actual política exterior es su subordinación al debate doméstico. Las posiciones internacionales parecen diseñadas más para consolidar apoyos internos que para maximizar la influencia estratégica de España.
El resultado es una diplomacia que transmite volatilidad. Cambios de postura, tensiones innecesarias con socios históricos, ausencia de una narrativa coherente a largo plazo.
En política internacional, la percepción es clave. Y hoy España proyecta improvisación.
OTAN: obligaciones sin liderazgo
España forma parte de la OTAN. Eso implica compromisos claros. Aumento del gasto en defensa, participación en despliegues y alineamiento estratégico.
Pero pertenecer a una alianza no es lo mismo que influir en ella.
Si España se limita a cumplir mínimos presupuestarios mientras mantiene un discurso ambiguo o distante respecto a decisiones clave, acabará siendo un socio formal pero secundario.
Y en un mundo que vuelve a estructurarse por bloques, la posición secundaria no otorga capacidad de decisión. Solo impone obligaciones.
Unión Europea: seguidismo sin liderazgo
En la Unión Europea, España ha tenido históricamente margen para desempeñar un papel mediterráneo relevante. Hoy ese papel se diluye.
Francia marca la agenda estratégica. Alemania lidera el eje industrial. Italia refuerza su posición energética en el norte de África. España, en cambio, no articula una estrategia clara para capitalizar su posición geográfica, sus infraestructuras portuarias o su potencial energético renovable como instrumento de poder.
La política exterior se ha convertido en una sucesión de comunicados, no en una construcción paciente de influencia.
La factura económica: real y tangible
Cuando el petróleo sube, no lo paga el Gobierno. Lo pagan las familias.
Más de 100 dólares el barril implica combustible disparado.
Transporte encarecido.
Cadena alimentaria presionada.
Inflación persistente.
Tipos de interés elevados durante más tiempo.
A eso se suma la incertidumbre financiera. Los mercados castigan países percibidos como frágiles o imprevisibles en entornos de tensión global.
La inversión extranjera busca estabilidad estratégica. Si España transmite volatilidad política y debilidad diplomática, la prima de riesgo implícita aumenta, aunque no siempre se vea inmediatamente en los titulares.
La geopolítica no es abstracta. Es contable.
El error de no elegir
Existe una tentación recurrente en parte del discurso político español: creer que se puede mantener una posición equidistante y moralmente elevada sin asumir costes.
Pero en el ajedrez geopolítico actual, no elegir también es una elección.Y suele ser la peor.
No se trata de seguidismo automático hacia Washington ni de confrontación innecesaria. Se trata de entender dónde están los intereses estratégicos de España y actuar en consecuencia, incluso cuando la decisión no sea popular.
Liderazgo ausente
La política exterior requiere liderazgo firme, discreto y sostenido. No improvisación mediática.
En un momento en que el orden internacional se reconfigura, España necesita claridad estratégica, no ambigüedad calculada. Necesita previsibilidad, no gestos coyunturales.
Porque cuando el tablero global se estabilice tras esta nueva crisis, habrá ganadores y habrá actores irrelevantes.
La cuestión es sencilla: ¿en qué grupo quiere estar España?
Conclusión: la irrelevancia se paga
La historia demuestra que los países que no comprenden a tiempo los cambios estructurales del sistema internacional terminan pagando décadas de retraso estratégico.
España tiene potencial geográfico, económico y político para jugar un papel relevante en el Mediterráneo y en Europa. Pero el potencial no basta. Hace falta dirección, coherencia y visión de Estado.
Hoy, lo que vemos es una política exterior más preocupada por el gesto que por el resultado.
Y en tiempos de crisis global, el gesto no protege la economía.La protege el poder.
Y el poder, hoy, no está del lado de España.
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