Hay acontecimientos que trascienden la crónica inmediata y se convierten en símbolos. La visita del papa León XIV a España pertenece a esa categoría de hechos que no pueden medirse únicamente por el número de asistentes, los discursos pronunciados o las imágenes difundidas por los medios de comunicación. Su verdadero significado se encuentra en un plano más profundo: el encuentro entre una nación y su propia alma. Durante décadas, numerosos analistas han descrito a España como una sociedad que avanzaba inexorablemente hacia la secularización, como si la fe cristiana hubiera quedado reducida a un vestigio cultural destinado a desaparecer lentamente bajo el peso de la modernidad. Sin embargo, la acogida dispensada al Santo Padre ha mostrado una realidad distinta. Miles de personas, familias enteras, ancianos, adultos y, de manera especialmente significativa, jóvenes, han acudido a escuchar un mensaje que no prometía bienestar material ni ventajas temporales, sino algo mucho más exigente ...
La Guardia Civil atraviesa uno de los momentos más delicados de imagen pública de las últimas décadas. No por culpa de sus agentes, no por culpa de quienes patrullan carreteras, combaten el narcotráfico, rescatan vidas en montaña, vigilan nuestras fronteras o se juegan la vida frente al crimen organizado y el terrorismo. La herida nace arriba. En los despachos. En la cúpula política y en quienes han convertido una institución histórica del Estado en escenario permanente de sospechas, luchas de poder y decisiones que deterioran gravemente su credibilidad. Para quienes hemos nacido y crecido en el entorno de la Guardia Civil, ver el momento actual produce indignación, tristeza y una enorme sensación de impotencia. Hablar de la Guardia Civil no es hablar de una simple institución administrativa. Es hablar de familias enteras marcadas por el servicio público, por la disciplina, por el sacrificio silencioso y por una forma de entender España basada en el deber. Muchos hijos de guardia...