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Cuando la política mancha el honor de la Guardia Civil

 

La Guardia Civil atraviesa uno de los momentos más delicados de imagen pública de las últimas décadas. No por culpa de sus agentes, no por culpa de quienes patrullan carreteras, combaten el narcotráfico, rescatan vidas en montaña, vigilan nuestras fronteras o se juegan la vida frente al crimen organizado y el terrorismo. La herida nace arriba. En los despachos. En la cúpula política y en quienes han convertido una institución histórica del Estado en escenario permanente de sospechas, luchas de poder y decisiones que deterioran gravemente su credibilidad.




Para quienes hemos nacido y crecido en el entorno de la Guardia Civil, ver el momento actual produce indignación, tristeza y una enorme sensación de impotencia. Hablar de la Guardia Civil no es hablar de una simple institución administrativa. Es hablar de familias enteras marcadas por el servicio público, por la disciplina, por el sacrificio silencioso y por una forma de entender España basada en el deber. Muchos hijos de guardias civiles crecieron viendo a sus padres marcharse de madrugada sin saber cuándo volverían. Crecieron escuchando historias de atentados, amenazas, traslados constantes y jornadas interminables. Crecieron viendo cómo miles de agentes daban absolutamente todo por un país que hoy contempla atónito cómo algunos dirigentes deterioran el prestigio del cuerpo desde dentro.

Lo verdaderamente grave de la situación no es únicamente una noticia concreta ni una investigación determinada. Lo alarmante es la sensación de descomposición institucional que transmiten ciertos movimientos dentro del Ministerio del Interior y de la cúpula de la Guardia Civil. Cada nueva polémica erosiona la confianza ciudadana y proyecta la imagen de una institución atrapada entre intereses políticos, luchas internas y decisiones difíciles de justificar ante la sociedad.

La entrada de la UCO en dependencias relacionadas con la Dirección de la Guardia Civil es una imagen devastadora para millones de españoles. Porque la Unidad Central Operativa representa precisamente uno de los mayores símbolos de profesionalidad, independencia y eficacia policial en España. Cuando una unidad de élite termina investigando el entorno de quienes deberían proteger la limpieza y el prestigio institucional del cuerpo, el daño reputacional es inmenso. No se puede normalizar. No se puede minimizar. Y, sobre todo, no se puede despachar con silencio político o comunicados vacíos.

La responsabilidad política es ineludible. El Ministerio del Interior lleva años acumulando polémicas que han generado un profundo malestar entre agentes, asociaciones profesionales y ciudadanos. La sensación de abandono en muchos sectores del cuerpo es evidente. Falta de medios, decisiones arbitrarias, tensiones internas, utilización política de nombramientos y una creciente percepción de opacidad han ido desgastando poco a poco la confianza en quienes dirigen la institución.

Y cuando la confianza se rompe en cuerpos de seguridad del Estado, el problema deja de ser político para convertirse en un problema institucional de enorme gravedad.

La Guardia Civil no puede ser utilizada como herramienta partidista ni como refugio de intereses personales. El uniforme merece dirigentes ejemplares. Personas cuya conducta esté por encima de cualquier sospecha. Porque cada escándalo que afecta a la cúpula no salpica únicamente a un despacho en Madrid: salpica a miles de agentes que patrullan pueblos, carreteras y barrios de toda España con honor y profesionalidad.

Resulta especialmente doloroso comprobar cómo quienes menos han sacrificado por la institución son, muchas veces, quienes más daño le hacen desde posiciones de poder. Mientras guardias civiles continúan enfrentándose a delincuentes, narcotraficantes o mafias en condiciones muchas veces precarias, ciertos altos cargos parecen más preocupados por sobrevivir políticamente que por proteger el prestigio del cuerpo.

Por eso cada vez más ciudadanos exigen responsabilidades contundentes. Porque la dignidad institucional no se defiende con discursos vacíos, sino con hechos. Y cuando la sombra de la sospecha alcanza a los máximos responsables, las dimisiones dejan de ser una opción para convertirse en una obligación ética y política.

El DAO Manuel Llamas y cualquier responsable cuya actuación haya contribuido al deterioro de la imagen de la Guardia Civil deberían apartarse inmediatamente si realmente les preocupa el honor del cuerpo. Permanecer en el cargo mientras crece la indignación social solo profundiza la sensación de impunidad y decadencia institucional.

España necesita una Guardia Civil fuerte, respetada e independiente. Y eso solo será posible alejando de ella cualquier práctica que huela a manipulación política, opacidad o luchas de poder internas. El prestigio de la Benemérita no pertenece a ningún gobierno ni a ningún partido. Pertenece a generaciones de agentes que sirvieron a España con dignidad, incluso en los años más duros del terrorismo y del crimen organizado.

Lo que muchos españoles sienten hoy no es odio hacia la Guardia Civil. Es exactamente lo contrario: es miedo a que algunos dirigentes destruyan desde arriba una de las pocas instituciones que aún conservaban el respeto de gran parte de la sociedad.

Y eso, sencillamente, no se puede permitir.

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