Otra cuaresma distinta,
Otra Semana Santa vivida desde la cruz que el Señor, en su infinita sabiduría, ha querido poner en mi camino.
Mi corazón se presenta hoy ante Dios con lágrimas en los ojos y una tristeza profunda, vivida en silencio. Duele no poder hacer estación de penitencia, no poder vestir la túnica y acompañar a mis Sagrados Titulares como tantos años. Duele mirar mis hábitos colgados y sentir la ausencia. Pero en medio de ese dolor, resuena con fuerza una verdad que sostiene mi alma: la voluntad de Dios siempre es camino de salvación.
La salud manda, sí… pero también enseña. Me invita a vivir una penitencia más honda, más escondida, más verdadera: la de aceptar la cruz de cada día, la de ofrecer el sufrimiento unido a la Pasión de Cristo, la de confiar incluso cuando el corazón se rompe en silencio.
Sigo sintiéndome, con fe firme y orgullo cristiano, nazareno de mis hermandades: de la Columna, de Paciencia y Penas —desde la querida Imperial de San Matías—, y de Nazareno y Esperanza. En la Hermandad de Paciencia y Penas, donde he tenido el regalo de vestir la túnica, mi alma se reconoce de una manera especial, como vocación y entrega, como respuesta de amor al Señor y a su bendita Madre.
Hoy comprendo que ser nazareno no es solo caminar tras un paso, sino caminar cada día con la cruz abrazada. Y quizá esta sea la estación de penitencia más sincera que el Señor me pide: la del silencio, la de la enfermedad aceptada, la de la oración vivida desde lo más profundo.
Me abandono en Jesús de la Paciencia, aprendiendo de su mansedumbre y de su entrega total, y me refugio en María Santísima de las Penas, que guarda cada lágrima y la presenta ante Dios como oración.
Mi fe sigue intacta.
Mi amor permanece.
Mi pasión, aunque llena de añoranza, no se apaga.
Porque aunque este año mis pies no recorran las calles, mi alma, unida a la Iglesia, sigue haciendo estación de penitencia ante Dios.
Y en medio de la tristeza… Cristo sigue pasando, y pasa también por mi vida.






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