Hoy vuelvo a salir a los caminos de Santa Fe con el mismo sentimiento con el que lo hicieron nuestros padres, nuestros abuelos y quienes nos precedieron hace más de quinientos años. Porque la Merendica de Santa Catalina no es solo una tradición: es parte de nuestra identidad más profunda, es lo que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos.
Cada 25 de noviembre conmemoramos un hecho que cambió la historia: las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas en 1491 por los Reyes Católicos y Boabdil. Aquí, en nuestras tierras, se puso fin a un largo periodo histórico y nació un nuevo capítulo para Granada y para España. Y no fue casualidad que la reina Isabel, devota de Santa Catalina, mandara levantar una ermita en su honor en el mismo lugar donde aquel acuerdo se selló. Desde entonces, la historia y la fe caminaron juntas.
Hoy la ermita ya no existe, pero su espíritu sigue vivo. Lo que comenzó como una romería religiosa se ha convertido en una fiesta cercana, familiar y popular. Ya no venimos en procesión, pero seguimos viniendo. Y aunque los motivos han cambiado, el sentimiento es el mismo: reunirnos, mirar al pasado y celebrarlo juntos.
Cuando encendemos una hoguera con tomillo o romero, cuando compartimos pan con aceite, castañas, nueces o rosquillas de Santa Catalina, estamos recordando cómo vivían nuestros antepasados. La gastronomía habla, las recetas cuentan historias. Cada merienda compartida es un eco del pasado que resuena en el presente.
Santa Fe es un lugar único: nació como un campamento militar renacentista y hoy es un pueblo vivo que conserva el trazado de su historia en cada calle. Somos herederos de un legado que ha resistido los siglos, y nuestra Merendica lo demuestra. No es una fiesta inventada ni un acto aislado: es una costumbre que ha vivido más de cinco siglos y sigue latiendo en cada familia que sale hoy al secano, a la dehesa o a cualquier rincón para encontrarse con los suyos.
Por eso, como vecino de Santa Fe, digo con orgullo que celebramos mucho más que una merienda. Celebramos nuestra memoria, nuestra unión y nuestra historia. Y mientras haya alguien que este día salga con su torta, su rosquilla o su pellizco de pan, Santa Fe seguirá hablando al mundo.
Que viva Santa Catalina, que viva nuestra Merendica…
y que viva siempre Santa Fe.

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