Como ciudadano andaluz, como cristiano católico y como persona que entiende la política no solo como gestión, sino como expresión moral de un pueblo, no puedo permanecer en silencio ante la decisión de celebrar un funeral de Estado estrictamente laico por el trágico accidente de Adamuz. No
hablo desde la ira, sino desde una tristeza honda y reflexiva; desde la sensación de que algo esencial se está quebrando en la relación entre las instituciones y el alma real del pueblo al que dicen representar.
Andalucía no es una abstracción administrativa ni un territorio neutro en valores. Andalucía es memoria, es tradición viva, es un pueblo que durante siglos ha aprendido a llorar, a despedir a sus muertos y a buscar consuelo desde la fe cristiana. Nuestra identidad colectiva no se entiende sin la cruz, sin el Evangelio, sin la devoción mariana que atraviesa nuestros pueblos y ciudades. La provincia de Huelva, con la Virgen del Rocío como corazón espiritual, es solo un ejemplo luminoso de una fe que no es folclore, sino raíz, comunidad y sentido.
El Estado se define como aconfesional, y así lo aceptamos. Pero la aconfesionalidad no puede ni debe convertirse en un laicismo militante que vacíe de trascendencia los actos públicos y los desconecte del sentir mayoritario de la ciudadanía. La neutralidad del Estado no es la negación de lo religioso, sino el respeto a la realidad social y cultural del pueblo al que sirve. Cuando esa neutralidad se transforma en exclusión sistemática de la dimensión espiritual, deja de ser neutral y pasa a ser ideológica.
En momentos de tragedia, el ser humano no necesita únicamente palabras institucionales ni silencios protocolarios; necesita significado. La fe cristiana ha ofrecido durante siglos un lenguaje para el dolor, una esperanza frente a la muerte y una dignidad trascendente a la vida humana. Prescindir deliberadamente de ese lenguaje en un funeral de Estado, especialmente en una tierra como Andalucía, no es un gesto inocente: es una toma de posición política y cultural que ignora —o desprecia— el modo en que miles de familias viven el duelo.
Desde una perspectiva filosófica y política, resulta preocupante comprobar cómo se pretende relegar la fe al ámbito estrictamente privado, como si fuera una excentricidad o un residuo del pasado. Esta visión empobrece la vida pública, porque una sociedad que renuncia a sus raíces espirituales acaba reduciendo al ser humano a un mero sujeto administrativo, sin alma, sin trascendencia y sin horizonte. La política, cuando se separa de toda dimensión moral y espiritual, corre el riesgo de convertirse en una gestión fría del sufrimiento, incapaz de acompañar verdaderamente a las personas.
Como cristiano católico, me siento cada vez más cansado de tener que justificar mi fe, de ser invitado al silencio, de ver cómo nuestras tradiciones son toleradas solo cuando se vacían de contenido religioso y se convierten en simple espectáculo cultural. No pedimos privilegios, pedimos respeto. No pedimos imposición, pedimos reconocimiento. Reconocimiento de que la fe cristiana ha sido y sigue siendo un pilar fundamental de la identidad andaluza.
Esta decisión no solo hiere a los creyentes; hiere la memoria colectiva de un pueblo que ha aprendido a vivir, sufrir y esperar desde la fe. Una Andalucía sin referencia a su espiritualidad cristiana no es una Andalucía más moderna o más justa: es una Andalucía amputada de sí misma.
Por todo ello, expreso mi vergüenza y mi dolor ante una decisión que considero desacertada, injusta y desconectada del sentir profundo de nuestra tierra. Alzar la voz no es dividir, es recordar. Recordar que la democracia no consiste en silenciar mayorías culturales, sino en escuchar con respeto la identidad real del pueblo. Y Andalucía, le pese a quien le pese, sigue teniendo alma cristiana.

Comentarios
Publicar un comentario